
Hay momentos de ahogo y angustia donde buscamos ese silencio y que al encontrarlo nos rendimos ante la grandeza de nuestra vida interior. Nace en nosotros esa percepción de la dimensión que el espíritu nos aporta y que únicamente podemos saborearla con la ayuda de Dios.
Ese empuje de fuerzas o hechos nos marcan y dejan una huella difícil de borrar. Seguimos con ese incesante examen de conciencia en el que en reiteradas ocasiones deseamos encontrar la respuesta al por qué de lo sucedido. Tanto buscar la explicación para zanjar los asuntos y vivir en una tranquilidad pasajera. Dejemos que la fe con mayúsculas alivie ese cansancio.
Limpiemos nuestro corazón de remordimientos y de cruces que muchas veces nos hemos creado nosotros mismos. Consigamos que nuestro corazón vuelva a ser como el de un niño.
Volvamos a esa inocencia que impide ver el mal. Descubramos la limpieza de ese nuestro Cristo limpio y sin las heridas del mal. Limpiemos nuestro corazón de remordimientos y de cruces que muchas veces nos hemos creado nosotros mismos. Consigamos que nuestro corazón vuelva a ser como el de un niño.
Si conseguimos poner todo nuestro empeño en dejar nuestro corazón, limpio y vacío donde únicamente habite la gracia del espíritu santo, conseguiremos descubrir la alegría de la verdad. Es una lucha continua, pero merece la pena ya que al conocer el estado de paz al que podemos llegar, nos hará cada vez más resistentes a esa negatividad que lo invade todo. No es fácil, si consigues limpiar el alma se volverá más vulnerable y una simple falta será más dolorosa. Tienes ayuda para conseguirlo y son con quienes hablas en tu interior. Deja a la divina providencia actuar y no caigas en tentaciones absurdas. Sé humilde. Los problemas generados por otros pertenecen a ellos y no dejes que te incluyan en la participación de los mismos. Si consiguen involucrarte, vuelve a limpiar tu corazón y abandónate a la paz del espíritu santo expulsando esa suciedad que te intranquilice. Reacciona rápidamente. Recuerda que hubo uno que tras cargar con todas esas intranquilidades y faltas de la humanidad, nos mostró el sentido de salir reforzado en una resurrección y que lo dejó en un estado de pureza y paz perfectas. Aprendamos a levantarnos ante esas dificultades que son más livianas que las que Él mismo pasó. Limpia tu corazón, deja que el espíritu santo invada cada poro de tu interior; llena de luz cada célula de tu cuerpo, siente esa paz y expulsa todo aquello que la evita. Te asegura que puedes sentirlo.